domingo, 3 de junio de 2012

Camino hacía la libertad


                                            CAMINO HACÍA LA LIBERTAD


-Qué oprimido me siento cuando me pongo a pensar en los días largos que me esperan para salir de la esclavitud en que me he metido, tratando de salir adelante con todas las cosas que me he impuesto, para obtener lo que me va a servir para caminar libremente pensando sólo en distraerme sin que nada me ate, así las penas y pesares se alejarán de mí y por fin podré reír y cantar y ser feliz sin tener ninguna obligación que me quite el sueño. ¿No crees, Franco, que esto será muy bueno para mí cuando me llegue este gran día?

— Pues no creo –le contestó Franco–, porque esto no es así, ya que lo que verdaderamente te ata son otras cosas que no te dejan ser feliz.
Tavo, al escucharlo, con un gesto poco amigable, le dijo:
— Anda, tú qué sabes, por eso te veo siempre con cara de aburrido.
— Será tu parecer porque yo jamás me aburro –le contestó Franco–, como se ve que no tomas en cuenta las cosas que hago, porque no conoces el verdadero valor que éstas significan.
— Bueno –le respondió Tavo–, para mí la diversión es lo más importante, porque esto es lo único que no te esclaviza.
— Pero Dios no te ha dado dones sólo para que te diviertas, ¿no crees? Piensa, porque esto no es así –le volvió a decir Franco.
Tavo, insistiendo en pensar en forma muy egoísta, le contestó:
— Realmente, yo sí quisiera hacer lo que me venga en gana y poder gozar libremente del sol, de los paseos o quedarme en casa disfrutando de un rico helado y viendo películas, o sencillamente dormir sin pensar que tengo que levantarme temprano porque tengo obligaciones que cumplir. ¿Acaso esto no es libertad de hacer lo que a uno le venga en gana?
— Bueno –le contestó Franco–, el hombre es libre desde el momento que Dios lo dejó a su libre albedrío, dándole la facultad de ver lo que era bueno y malo para él, pero lamentablemente, muchos escogen lo que no les conviene para su alma y terminan por hacer abuso de la libertad. Y no quisiera que a ti te suceda esto. ¿Por qué, pues, no aprendes a discernir lo que va a ser bueno para ti?
— La verdad no me interesa –le dijo Tavo–, mejor no me hago problemas, hablemos de otra cosa. ¿Qué te parece si damos un paseo y mañana vengo a recogerte temprano para ir a pescar?
— Estupendo –le contestó Franco–, la pesca a mí siempre me ha fascinado.
Y mientras hablaban y se ponían de acuerdo, se despidieron. Al día siguiente, como era de esperar, Tavo, con una gran sonrisa, se presentó en la casa de Franco. Cuando lo vio, le dijo:
— Vamos, apúrate pues no deseo que mi domingo termine ni termine nuestra juventud, felizmente aún somos muy jóvenes para gozar de lo que queramos.
— Ah, eso sí, ¿y qué hay si no vamos?, –le dijo Franco–, pensando en analizar lo que le contestaba.
— ¿Qué hablas?, –le dijo Tavo–, o acaso estás delirando, pues apúrate y vamos si no quieres verme apesadumbrado y aburrido.
Franco, viendo su desesperación por escapar de sus reprimidas emociones, le contestó:
— Cálmate, amigo, sólo bromeaba.
Y sonriendo, le dijo:
— Ya, coge tu mochila y vamos.
Y así lo hicieron; en el camino Tavo, saltando y cantando con una alegría momentánea, dijo:
— Esta es la única libertad que yo aprecio en mi vida, porque así uno se olvida de las preocupaciones, de los tormentos y de los malos momentos, que aparecen cuando menos se espera.
— Y te entiendo –le dijo Franco–, sólo que no tomas en cuenta que hay situaciones mayormente apreciadas, que conducen a que uno pueda vivir también con alegría y con libertad y no precisamente es la diversión. Y no creo que esto lo tomes en cuenta, porque lo que predomina en ti egoístamente, es sólo divertirte aunque por ello otros se perjudiquen.
— ¿Se perjudiquen?, –le contestó Tavo–. ¿Y por qué se habrían de perjudicar por mis diversiones? La verdad que no te entiendo, creo que estás hablando ya demasiadas tonterías.
Franco le dijo:
— Te voy a poner un ejemplo; qué pasaría si alguien que necesita urgentemente que lo saques de un apuro, justamente, cuando te vas a ir de paseo, ¿qué le dirías?
Tavo le contestó:
— ¿No te parece que ese sería su problema? ¿Por qué, pues, perjudicarme precisamente con lo que más me gusta, la diversión? Pues no dejaría la libertad de poder elegir lo que me agrada por nadie.
Franco le respondió:
— Qué egoísmo tan grande el tuyo, de pensar solamente en tu persona sin que nada te importe. ¿No te das cuenta, acaso, que hay circunstancias en que tenemos que escoger lo que es prioridad? Pero claro, cómo te vas a dar cuenta de esto, si el egoísmo es el que te mantiene adormecida la conciencia para que no puedas actuar reflexivamente.
— Y si así fuera –le contestó Tavo–, ¿qué puedo hacer? Aunque no quisiera escuchar nada que vaya en contra de mis propios intereses, porque estaría alejándome de la libertad que compraría a cualquier precio.
— Sí sé que lo harías –le dijo Franco–, pero la libertad de la cual te hablo, no se puede comprar porque viene como una gracia del cielo, ¿comprendes? Todo en la vida tiene sus pros y sus contras, y la diversión sana también es buena porque no sólo alegra sino ayuda a liberar tensiones, pero si sólo se piensa en ella, esto no ayuda a que uno madure.
— Y si esto es así, ¿cuándo seré libre? ¿Será que tengo que recapacitar con otro juicio?
Franco le dijo:
— Así es, y cuando eso te suceda dejarás ya de estar atado a tus deseos y a tus múltiples apegos. ¿Te das cuenta por qué no puedes ser libre, si en tu interior llevas esta cautividad que no deja que te muestres tal como eres? Porque podrás viajar y conocer el mundo entero y ganar dinero a manos llenas, contar con muchas amistades, tener grandes paseos y diversiones, pero no serás libre mientras te ames a ti mismo y a donde vayas te acompañará siempre la tristeza, porque habrá un vacío en ti que no lo podrás llenar con nada, a no ser que dejes el egoísmo a un lado para que puedan aparecer en tu corazón actitudes más amorosas y fraternales, sólo así podrás llenar el vacío que veo en tus ojos porque vivirás no tanto para sí mismo sino también para los demás. ¿Y sabes? Es el amor que transforma al hombre dándole la libertad de poder actuar sin apegos, tal como lo hace el ego, que no sabe otra cosa que amarse a sí mismo aunque viva encadenado a sus propias pasiones. ¿Comprendes ahora lo que te digo? Porque tú eres bastante egocéntrico.
— Bueno –le dijo Tavo–, después de todo lo que me has dicho creo que lo soy, es más, ya me estoy sintiendo un poco mal y quien sabe esto sea lo que me tiene viviendo con muchos pesares. ¿Y cómo hacer, entonces, para que sea cada vez más libre de mí mismo?
Franco le contestó:
— Tendrás que meditar mucho para que comiences a vivir libremente y no bajo el yugo de tu propia concupiscencia. Cuando esto te suceda, habrás abierto la puerta de tu corazón que te conducirá con libertad para poder actuar con benevolencia y equidad. Mira, llegamos, el sol ilumina el mar y en la orilla hay gaviotas que caminan libremente.
— Sí –le dijo Tavo–, y son muchas.
Y mientras hablaban vieron a unos jóvenes que se disponían a pescar, de repente uno de ellos resbaló y se torció el tobillo. Tavo, al mirar alrededor de donde se encontraba el joven tirado y boca abajo, no pensó dos veces en auxiliarlo, igualmente lo hizo Franco. Y en tanto se demoraban buscando un centro hospitalario cercano al lugar donde se encontraban se pasó el tiempo, pero lograron encontrarlo y el joven fue atendido de inmediato, y viendo que ya era tarde para continuar con lo planeado decidieron regresar a sus hogares.
— Pero no importa –dijo Tavo muy complacido–, porque hemos hecho una buena acción.
Y continuó:
— ¿Sabes, Franco? No he tenido la alegría de poder gozar del día pescando como me gusta. Pero acabo de conocer una alegría diferente que no se va de mi alma. ¿Será que ésta viene por haber ayudado al joven? Porque no sólo me he sentido alegre sino que ya no siento nada que me oprima por dentro, y percibo algo así como una especie de liberación. ¿Será ésta la libertad de la cual me hablas?
— Así es –le respondió Franco–, ¿y sabes por qué te ha sucedido esto?
— ¿Y cómo saberlo?, si me falta todavía ver más claro.
— Sí, lo sé –le dijo Franco–, pero te he hecho esta pregunta para que pongas más atención en lo que te voy a explicar. Lo que te ha sucedido, es que como has empezado a liberarte del ego que te ha tenido esclavizado y sometido a sus caprichos, al salir de ti lo que pudo actuar en tu ser fue tu esencia, la cual es espiritual y por eso pudiste actuar libremente sin que nada te oprima. Ahora vivirás liviano y sin carga alguna.
Tavo le respondió:
— Sí, y esto debe ser verdad porque me siento con más vida y también ligero, como que una pesada carga se ha desprendido de mí.
— Así es –le volvió a decir Franco–, y dentro de muy poco tu libertad interior te hará vivir con alegría constante, y tus penas y pesares se alejarán por siempre ya de ti.
Tavo, al escucharlo, le dijo:
— Si es así, entonces, creo que también dentro de muy poco me estará llegando el gran día de la liberación y por fin seré libre y feliz. Gracias amigo, lo que has hecho por mí no tiene precio.
— Si para eso estoy –le dijo Franco–, y lo hago con mucho cariño.
Tavo le dijo:
— ¿Sabes, Franco? Aunque deje de verte, siempre te tendré presente en mi corazón.
— Y yo también, amigo –le contestó Franco.
Y lo abrazó con mucho afecto.
Fin

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